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DON DE PROFECÍA

Con respecto al don de profecía, y su posible manifestación en los tiempos actuales, hay dos tendencias opuestas, cada una de las cuales se aparta un poco de la realidad.
Por una parte hay quienes afirman que la revelación divina permanece abierta, y por tanto aceptan nuevos mensajes de parte de Dios a la iglesia, a los cuales atribuyen igual autoridad que a la revelación contenida en las Sagradas Escrituras. Estos yerran por exceso (se pasan de la realidad).
Por otro lado hay quienes afirman que la revelación divina cesó definitivamente, es decir, que quedó cerrada por completo en la época de los primeros apóstoles, y que por tanto, la única forma en que Dios puede hablar a la iglesia de hoy es a través de las Sagradas Escrituras. ¿Será que para ellos Dios se quedó mudo desde hace varios siglos? Estos, que pretenden ponerle a Dios una mordaza, yerran por defecto (no llegan a la realidad), y como dice un refrán, “Tan malo es pasarse como no llegar”. ¿Qué dice la Biblia al respecto?
En 1Cor.13:8-11 dice que las profecías, al igual que la ciencia y las lenguas, serán quitadas cuando venga lo que es perfecto (no antes). Si por “lo perfecto” entendemos la manifestación definitiva del reino de los cielos, entonces debemos admitir que el don de profecía* permanecerá edificando a la iglesia hasta la segunda venida de Cristo.
En la primera epístola a los corintios, capítulo catorce, versículo uno, dice:

"Seguid la caridad, y procurad los dones espirituales, mas sobre todo que profeticéis."

Y en los versículos veinte y nueve al treinta y dos del mismo capítulo dice:

"Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si a otro que estuviere sentado, fuere revelado, calle el primero. Porque podéis todos profetizar uno por uno, para que todos aprendan, y sean exhortados. Y los espíritus de los que profetizaren sujétense a los profetas."

¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que todavía podemos contar con la manifestación del don de profecía, pero ésta puede y debe ser regulada para no caer en excesos. Si alguien dice haber recibido un mensaje de Dios, esa persona y su mensaje deben ser juzgados (por los demás componentes de la iglesia, especialmente los que la presiden) y rechazados si no reúnen las condiciones que la Biblia determina.
Al juzgar a la persona que comunica una profecía es necesario tener en cuenta su fidelidad y su capacidad mental, pues si esa persona no es veraz y/o su falta de temor de Dios suele llevarle a quebrantar la Ley Divina, su mensaje no es confiable, ya que pudiera estar mintiendo adrede, o pudiera él mismo estar siendo engañado por un espíritu de error. Si la persona es fiel y consagrada, pero débil de mente, corre el peligro de ser confundida con sus propias imaginaciones, y en ese caso su mensaje también es dudoso.
En cuanto al mensaje en sí, éste debe ser juzgado teniendo en cuenta, por lo menos, dos condiciones principales. La primera de estas condiciones es básica, y se puede leer en Deut.18:22, donde dice:

"Cuando el profeta hablare en nombre de Jehováh, y no fuere la tal cosa, ni viniere, es palabra que Jehováh no ha hablado: con soberbia habló aquel profeta: no tengas temor de él."

Podríamos llamar a esta primera condición, la prueba de la veracidad.
La segunda condición está señalada en el texto ya citado de 1Cor.14:29-33, especialmente en el versículo 32: “Y los espíritus de los que profetizaren, sujétense a los profetas”. A ésta podríamos llamarle la prueba de los límites.
La prueba de la veracidad puede necesitar del transcurso del tiempo para ser comprobada. La prueba de los límites puede ser comprobada más pronto, pero se puede interpretar de dos manera diferentes: 1ra. Que la persona que esté profetizando se controle a sí misma y se sujete al orden establecido en la iglesia. 2da. Que toda profecía debe estar sujeta (en conformidad) a los profetas que escribieron los libros de la Biblia. De acuerdo a esta segunda interpretación, debe ser rechazada cualquier profecía que contenga algún elemento diferente o discordante a lo que el Señor ya ha declarado en los libros universalmente reconocidos como canónicos.
El Antiguo Testamento da testimonio de que en el pueblo de Dios hubo muchos falsos profetas, pero da testimonio también de que, además de los que fueron usados para escribir los libros canónicos, hubo otros profetas de Dios cuyas enseñanzas y/o predicciones no fueron preservadas para la posteridad. De la misma manera el Nuevo Testamento da testimonio de que en la iglesia primitiva hubo falsos profetas, pero que también, además de los autores de los libros canónicos, hubo profetas genuinos cuyas palabras no fueron registradas en las Sagradas Escrituras. A unos Dios les inspiró para dar a la iglesia el mensaje eterno y universal; a los otros les inspiró para dar a la iglesia mensajes de carácter local y/o temporal, pero que la inspiración de unos haya tenido mayor alcance que la de los otros no quiere decir que esos otros no hayan sido también instrumentos del Espíritu Santo.
Resumiendo esto se puede decir que Dios sí sigue dando mensajes proféticos a su pueblo “Para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la medida de la plenitud de Cristo” (Efe.4:11-13), pero de acuerdo a Jn.14:26, en lo relativo a la doctrina esos mensajes deben estar limitados a enseñar y a recordar lo que ya está establecido por el Señor en las Sagradas Escrituras, no para declarar o establecer doctrinas nuevas en adición al contenido de la Santa Biblia.

Ob. B. Luis, Brownsville, mayo 15 de 1994.

* El don de profecía no debe ser confundido con el don de enseñar ni con el de exhortar, pues según Rom.12:6-8, cada uno de ellos es distinto a los otros, aunque todos sean manifestaciones del mismo Espíritu.